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MANEL ESCLUSA,
Mientras pasa el tiempo

Rosa Olivares

La belleza no está en la perfección. Esa idea terrible de la belleza como ente perfecto, verdad infalible, espejo imposible en el que nadie ni nada alcanza a ser reconocible, se ha resquebrajado con la modernidad. El canon ha desaparecido con el triunfo de la fotografía y el terrible espejo se ha convertido en azogue. Ya no refleja lo que a él se asoma, sino que nos muestra su aparente putrefacción, su mísera realidad casi humana: pequeños puntos amarillos aparecen en su superficie y por los bordes le invade la oscuridad. Ya no tenemos ningún espejito mágico al que preguntarle si realmente somos, seguimos siendo, la más bella de este reino.

La degradación que la propia naturaleza, los elementos, el tiempo, imprime a todas las cosas a veces se llama vejez, otras enfermedad, otras simplemente mutación. Cambio que transforma al gusano en mariposa y que hace que no siempre la belleza surja de un origen inmaculado. Porque si tenemos que preguntarnos qué es, cómo es la belleza, no encontraremos ninguna respuesta al margen de nuestra propia percepción de las cosas y de las sensaciones. La belleza es infinita y múltiple, cambiante, alterable, o tal vez la belleza no exista. Entre un extremo y otro el artista trabaja.

Manel Esclusa siempre ha transformado todo lo que ha tocado en otra cosa, como un alquimista, ha trabajado siempre cambiando la apariencia de las cosas que miramos. La magia y el misterio, una sensación de estar asomándonos a un mundo líquido, en el que no hay seres humanos, es una constante en un trabajo en el que el agua y la luz han marcado los dos polos que definen un eje sobre el que gira el mundo de sueños y sensaciones que Esclusa crea siempre a partir de la realidad. Una realidad no sólo cambiante en sí misma, sino que en las manos, en el laboratorio del alquimista, se transforma rápida y radicalmente. Si en trabajos anteriores la transformación de las imágenes se produce por métodos técnicos, en esta ocasión la degradación del soporte fotográfico tiene lugar por motivos puramente naturales. Nuevamente son el agua y el tiempo (algo esencialmente fotográfico) los que invaden la imagen, pero esta vez de una forma literal. El paisaje, la naturaleza que Esclusa refleja en estas fotografías, es atacada por la propia naturaleza, por el esencia de la vida, por el crecimiento de lo orgánico en su propio cuerpo. Esa alteración germinal transforma completamente la obra, convierte cada fotografía en una imagen única e irrepetible donde ya no solamente es la mano del artista

la que ha creado al objeto, sino la mano de la naturaleza, del tiempo, del azar, la que va comiéndose la materia física de la superficie fotográfica para dar paso a un paisaje diferente.

Por una parte Esclusa consigue así una auténtica abstracción formal, algo que seguramente no es su objetivo, ya que él está más cerca de la investigación y del juego que de la búsqueda de una formalización categorizada artísticamente. Pero si analizamos la obra resultante de este proceso y las características del método de trabajo, podemos ver elementos muy dispares, destacando dos aspectos esenciales: la importancia del azar, de un proceso no controlado totalmente por el artista como el crecimiento de la degradación material sobre la superficie de la obra (exactamente del original fotográfico), un crecimiento invasivo que transforma y es realmente el que da, digamos, el toque final al trabajo puramente fotográfico y previo; por otra parte, la importancia de una investigación formal que mezcla conceptos no sólo diversos, sino incluso antagónicos, como pueden ser realidad y abstracción.

La fotografía abstracta es en sí mismo todo un género en el que hay ya una larga y rica historia y muchos nombres con obras destacadas. La abstracción, como dijera el pintor portugués Viera da Silva, todo el arte en realidad (toda la pintura, diría él) tiene su origen en la realidad. Pero en la fotografía esto se hace más crudamente real: todo lo que se fotografía, incluso el vacío, la ausencia, tiene un cuerpo real, ha tenido que existir en algún momento para poder ser fotografiado; es por esto que, a priori, fotografía y abstracción pueden parecer un binomio imposible. La historia nos demuestra que no es así, desde la geometría o los juegos ópticos, hasta el lirismo absoluto que hace de un hilo de humo una imagen real y permanente, la fotografía ha demostrado su capacidad para ser, más que un documento de lo real, una creación subjetiva del artista. La aportación de Manel Esclusa es innovadora y le acerca a un trabajo de carácter conceptual, sin perder ese lirismo que caracteriza su ya larga trayectoria. El hecho de ofrecer el cuerpo de la fotografía como terreno de germinación, en el cual la humedad favorezca el cultivo orgánico que va, a su vez, destruyendo esa superficie en la que crece y dotándola de unas características formales totalmente nuevas y aleatorias, es una opción no sólo nueva, sino diferente.

Las imágenes que Esclusa ha realizado y que utiliza como campos de cultivo son paisajes en color. No es frecuente la utilización del color por un fotógrafo que ha dotado al blanco y negro tradicional de una gran variedad de gamas, y cuyas incursiones en el color han sido siempre a través del tamiz del agua, en su serie Aquariana, donde el color era suave y siempre

en una gama de azules, grises y malvas, salteados por algún punto más vivo, pero respetando ese silencio característico de los fondos marinos. Pero en estos paisajes, el color es fuerte, denso, con todas las gamas del verde, del amarillo, colores saturados que siguen pareciéndonos artificiales. Estos paisajes reales en un momento concreto pero que ahora, cuando nosotros los vemos después de todo un proceso de alteración físico, sólo son creaciones artísticas. Retratos de lugares inexistentes, aunque reales. Abstracciones de lugares creados por el ensueño y el azar, figuraciones formales creadas a partir de la acumulación de percepciones, sensibilidades, retazos de vida donde la naturaleza, sin forma, esencial, ha ido transformando las superficies, las formas y los colores hasta convertirlos en otra cosa diferente. Paisajes de una belleza turbulenta, salvaje, en los que ya no percibimos con claridad los árboles, ni los cielos, sólo un tumulto de formas y de colores ajenos a esa realidad en la que vivimos creyendo que la percibimos claramente, sin distorsiones ni ruidos ajenos a la propia realidad, olvidando que la realidad es una palabra, una creación cultural que sirve básicamente para que nos podamos sentir más cómodos en un lugar desconocido, en el que creemos ser los reyes. Pero la Naturaleza demuestra, en cualquier momento, que su fuerza primigenia puede cambiarlo todo.

Ese territorio familiar, conocido, en el que creemos saber lo que estamos viendo, ha servido en diferentes ocasiones a Manel Esclusa para desarrollar sus creaciones más abstractas, siempre irrealidades, fantasmagorías basadas en lo inmediato, en nosotros mismos. Para eso se ha basado, igual que hace ahora en el proceso biológico de la germinación, en la tecnología y, permanentemente, en su propia imaginación. La ciudad, los edificios más significativos, se transforman en tótem, en monstruos, por los juegos de luces y oscuridad, recobrando un movimiento perdido; los barcos de cualquier puerto reviven como animales gigantescos, anclados en un tiempo equivocado; animales marinos nos invitan a entrar en un mundo sutil y terrible, lleno de cuerpos extraños. En su serie anterior, Scantac, busca en su propio cuerpo a través de las máquinas que la ciencia médica nos ofrece para nuestra salud, realizando autorretratos imposibles de descifrar, paisajes de un interior desconocido, tan infinitos y tan insignificantes como estos paisajes alterados por el tiempo y por la vida. Lugares cercanos y desconocidos, puntos de oscuridad de los que repentinamente surge una luz, aquella que el artista sabe encender con su imaginación y su sensibilidad.

En toda esta transformación, el tiempo es el protagonista. El paisaje de nuestra memoria ha sido transformado por el tiempo, pero también por la mano del hombre, por un clima alterado… esos lugares que ya no sabemos a ciencia cierta si hemos visto o soñado, se han convertido en otra cosa. Vivimos mientras pasa el tiempo. Todo sucede en ese momento infinito.

 

 

MANEL ESCLUSA,
Materia tras la imagen.

Juan Bufill

Hace más de veinte años que Manel Esclusa (Vic, 1952), experimenta con éxito a partir de lo esencial de la fotografía (la luz y la oscuridad) y de lo que le resulta personalmente más afín: la noche que transfigura, el movimiento en el tiempo, la iluminación de lo oscuro. Puede fotografiar una aparición luminosa en la noche exterior (linternas hacia las naves de Naus), en una oscuridad más ajena (los peces fugaces en las aguas de Aquariana) o incluso en una tiniebla propia, pero escondida (en los autorretratos anatómicos de Scantac, los cráneos iluminados parecen estraños paisajes orgánicos o siderales). En su última serie, El jardí d´humus, el punto de partida es muy diferente. Es el accidente, es el azar, primero encontrado y después buscado y reproducido. Ya no es la luz y el negro, sino el color desatado, roto, liberado. Y es la materia, el soporte de la memoria, y ya no la imagen fotográfica.

Una inundación en el estudio del fotógrafo en 1992 mojó y estropeó algunas de sus diapositivas, diluyó e hizo saltar las emulsiones. Otro las habría tirado, pero Esclusa descubrió que aquellas imágenes se habían transformado y que seguían cambiando con el paso del tiempo. Supo ver la belleza colorista y el sentido de aquellas ruinas fotográficas y durante años ha intentado reproducir el accidente original, controlando él mismo el proceso. La aparición de hongos y la disolución de la emulsión fotográfica habían producido sorprendentes manchas y trazos azarosos, extrañas formaciones de colores liberados, de pigmentos desordenados, separados y remezclados. Son imágenes de fotos cultivadas con agua, temperatura regulada y tiempo de espera. Son paisajes realizados por el agua, por los cambios de temperatura y por el paso del tiempo en la emulsión fotográfica, unas abstracciones entre azarosas y controladas por el autor. Durante unos seis años, el fotógrafo ha intentado reproducir voluntariamente los efectos de ese accidente, ha intentado inducir y producir el proceso.

La última serie de Esclusa significa el paso de una fotografía-imagen a una fotografía-materia, de la fotografía entendida como un medio para componer imágenes a la fotografía como imagen de un proceso de destrucción de la imagen. Lo que se muestra ya no es un instante o un momento, sino el tiempo que ya ha destruido. Pero la desaparición de la imagen es también la aparición de la materia, como pasaba en la pintura informalista, a pesar de que ahora ocurre de un modo específicamente fotográfico (aquí no hay un neopictorialismo superficial), que implica, además, una reflexión sobre el tiempo transformador. Estas fotografías son el resultado de un cultivo paciente en la materia fotográfica, de una fotocultura destructora y creadora a partir del riego dosificado de agua, la graduación de la temperatura y el paso del tiempo. Son paisajes abstractos y caóticos, removidos como las arenas de una ribera después de una riada, paisajes que evocan la pintura abstracta expresionista, que se superponen a las imágenes anteriores, aún visibles.

Tampoco se propone la belleza de la destrucción en un sentido estético y deshumanizado. La materia fotográfica aquí representa una naturaleza que se autodestruye, y Esclusa positiva la experiencia de la destrucción mediante estas obras. Estos paisajes azarosos representan el triunfo de la materia sobre la imagen y del color sobre el contorno, representan la disolución del ego en la materia admirada, el abandono a un estado de la materia donde hay olvido y donde no hay nombres, una rendición que se da de un modo colorista y en consecuencia vitalista, romántica, pero ya no narcisista. Estos paisajes abstractos son como una escuela de disolución, muestran energía y alegría ante las ruinas y las muertes. Algunas de estas fotos parecen, más que jardines del azar, selvas de la suerte o de la mala suerte. Sin embargo, no es casual que en el título se hable de un jardín. Estos jardines fotográficos también son intentos de dominar o sublimar a esta naturaleza que es la nuestra y que se destruye, intentos de ordenar el caos que seremos o que somos.

La exposición de la serie El jardí d´humus confirma que Manel Esclusa es uno de los fotógrafos contemporáneos más importantes. Las suyas son obras que han realizado aportaciones a la historia de la fotografía y que han influenciado a otros artistas.